Una de las cosas poco conocidas sobre Benjamin Franklin, es que, además de otras excentricidades como intentar cazar rayos con una cometa, era un jugador apasionado de ajedrez. Y, de hecho, escribió un artículo muy conocido sobre los valores morales del ajedrez, que se publicó en The Columbian Magazine en diciembre de 1786.
Os dejo a continuación mi propia traducción del texto original.
Los valores morales del ajedrez
Señor,
El juego del Ajedrez es el juego más antiguo y universal entre los conocidos por el hombre; su origen queda más allá de la capacidad de recordar de la historia, y ha sido, por generaciones sin número, el entretenimiento de todas las naciones civilizadas de Asia: Persia, India y China. Europa lo ha conocido por más de 1000 años; los españoles lo difundieron sobre su parte de América, y últimamente empieza a hacer su aparición en estos estados del norte. Es tan interesante en si mismo, que no es necesaria la esperanza de una ganancia para captar la atención; y por lo tanto nunca se juega por dinero. Así, aquellos que tienen tiempo libre para tales diversiones, no pueden encontrar una que sea más inocente; y la pieza siguiente, escrita en aras de corregir (entre algunos jóvenes amigos) algunas pequeñas faltas de decoro en su práctica, muestra al mismo tiempo que puede, respecto a sus efectos sobre la mente, no ser simplemente inocente, sino incluso beneficioso, tanto para el vencido como para el vencedor.
Los VALORES MORALES del AJEDREZ.
El juego de Ajedrez no es un mero divertimiento banal. Son diversas las muy valiosas cualidades de la mente, útiles a lo largo de la vida humana, que se adquieren o refuerzan a través del mismo, hasta convertirse en hábitos, listos en todas las ocasiones. Se puede decir que la vida es una especie de ajedrez, en que tenemos a menudo puntos que ganar, y competidores o adversarios con quienes contender, y donde hay una gran variedad de sucesos positivos y negativos, que son, en parte, los efectos de la prudencia o de su ausencia. Jugando al ajedrez, entonces, podemos aprender:
1. Previsión, que mira un poco hacia el futuro, y tiene en consideración las consecuencias que pueden seguir a una acción: ya que le ocurre continuamente al jugador, “Si muevo esta pieza, ¿cuáles serán las ventajas de mi nueva situación? ¿Cómo puede utilizarla mi adversario para molestarme? ¿Qué otras jugadas puedo hacer para afianzarla, y para defenderme de sus ataques?"
2. Circunspección, que examina la totalidad del tablero, o el escenario de la acción, las relaciones de las múltiples piezas y situaciones, los peligros a los que están expuestas respectivamente, las múltiples posibilidades de ayudarse entre ellas; la probabilidad que el adversario haga tal o cual jugada, y ataque esta u otra pieza; y los diferentes medios que se pueden utilizar para evitar su golpe, o voltear las consecuencias del mismo en su contra.
3. Precaución, para no hacer nuestras jugadas apresuradamente. Este hábito se adquiere mejor si se observan estrictamente las leyes del juego, tales como, "pieza tocada, pieza jugada" o "pieza soltada, jugada terminada". Y es por lo tanto mejor que se observen estas reglas, ya que entonces el juego se parece más a la vida humana, y en particular a la guerra; donde, si incautamente te has puesto tú mismo en una mala y peligrosa posición, no puedes obtener el permiso de tu enemigo para retirar tus tropas, y situarlas de forma más segura; sino que debes sobrellevar las consecuencias de tu precipitación.
Y, finalmente, aprendemos gracias al ajedrez el hábito de no desanimarnos por el presente mal aspecto del estado de nuestros asuntos, el hábito de esperar un cambio favorable, y el de perseverar en la búsqueda de recursos. El juego está tan lleno de sucesos, hay tal variedad de reveses, la fortuna del mismo está tan sujeta a vicisitudes súbitas, y muy frecuentemente, después de larga contemplación, se descubren los medios de zafarse de una dificultad supuestamente inextricable, de modo que sentimos el coraje para continuar la contienda hasta el final, en la esperanza de la victoria por nuestra propia habilidad, o, por lo menos, de tablas por ahogado, por negligencia de nuestro adversario. Y cualquiera que considere ejemplos de los que se ven a menudo en ajedrez (que trozos particulares de éxito son susceptibles de causar presunción, y en consecuencia, desatención, por las cuales se acaba perdiendo más de lo que se había ganado antes; mientras que los infortunios dan lugar a más cuidado y atención, por los cuales se puede recuperar lo perdido), aprenderá a no desalentarse por el éxito presente de su adversario, ni a perder la esperanza en una buena fortuna final, en cada uno de los pequeños jaques que reciba en su búsqueda.
Que nos veamos, entonces, más a menudo inclinados a elegir este pasatiempo beneficioso, por encima de otros que no conllevan las mismas ventajas; toda circunstancia, que pueda incrementar su disfrute, debería ser valorada; y toda acción o palabra que sea injusta, irrespetuosa, o que pueda causar inquietud en cualquier forma, tendría que evitarse, al ser contraria a la intención más inmediata de ambos jugadores, que es la de pasar el tiempo agradablemente.
Por lo tanto,
1. Si se acuerda jugar siguiendo las reglas estrictas, entonces dichas reglas deben ser respetadas exactamente por ambas partes; y no se debería imponerlas a una parte, mientras la otra se desvía de ellas: esto no es equitativo.
2. Si se acuerda no observar las reglas exactamente, y una parte pide concesiones, debería estar igualmente dispuesta a concederlas a la otra parte.
3. Nunca debería hacerse una jugada ilegal para librarse de una dificultad, o para obtener una ventaja. No puede haber disfrute en jugar con una persona una vez se la ha sorprendido en tal práctica injusta.
4. Si tu adversario toma su tiempo en jugar, no le deberías apresurar, o expresar ningún tipo de inquietud ante su demora. No deberías cantar, ni silbar, ni mirar tu reloj, ni tomar un libro para leer, ni dar golpecitos en el suelo con el pie, o con tus dedos sobre la mesa, ni hacer nada que pueda distraer su atención. Ya que todas estas cosas molestan. Y no muestran vuestra habilidad en el juego, sino vuestra astucia o vuestra falta de educación.
5. No deberías intentar distraer y engañar a tu adversario pretendiendo haber hecho malas jugadas, y diciendo que ahora has perdido la partida, para hacerle sentir seguro y descuidado, y desatento a tus planes; ya que esto es fraude, y engaño, no habilidad en el juego.
6. No debes, cuando hayas obtenido una victoria, utilizar ninguna expresión triunfante o insultante, ni mostrar demasiado gozo; sino intentar consolar a tu adversario, y hacerle sentir menos descontento con si mismo con toda clase de expresiones amables y civiles, que se puedan usar con sinceridad, tales como "Entiendes el juego mejor que yo, pero eres un poco distraído" o "Juegas demasiado rápido" o "Tenías ventaja en el juego pero algo ha pasado que ha desviado tus pensamientos, y las tornas se han girado en mi favor".
7. Si eres un espectador, mientras otros juegan, mantén el más absoluto silencio. Ya que si das un consejo, ofendes a ambas partes: aquella en contra de quien lo das, porque puede hacerle perder la partida; aquella en favor de quien lo das, porque, aún pudiendo ser acertado, y lo sigue, pierde el placer que habría podido obtener, si le hubieras permitido pensar hasta ocurrírsele a él mismo. Incluso después de una o varias jugadas, no debes, desplazando las piezas, enseñar como se habría podido jugar mejor: ya que disgusta, y puede causar disputas o dudas sobre su situación verdadera. Hablar a los jugadores en cualquier modo disminuye o distrae su atención, y es por lo tanto desagradable; tampoco deberías dar la más mínima pista a ninguna de las partes, mediante ningún tipo de ruido o movimiento.— Si lo haces, no eres digno de ser un espectador.— Si tienes intención de expresar o mostrar tu buen juicio, hazlo jugando tu propia partida cuando tengas una oportunidad, no criticando o interfiriendo con el juego de otros, o aconsejando.
Finalmente, si la partida no se debe jugar con rigor, siguiendo las reglas mencionadas arriba, entonces modera tu deseo de victoria sobre tu adversario, y conténtate con la victoria sobre ti mismo. No arrebates con entusiasmo cada ventaja ofrecida por su inhabilidad o desatención; sino que señálale amablemente que mediante tal jugada sitúa o deja una pieza en peligro y colgando; que mediante otra pondrá a su rey en una situación peligrosa, etc. Por medio de esta generosa cortesía (tan contraria a la injusticia más arriba prohibida) podrías incluso perder la partida contra tu oponente, pero ganarás lo que es mejor, su estimación, su respeto, y su afecto; junto con la aprobación silenciosa y buena voluntad de los espectadores imparciales.
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